Luz Ángela Medina Torres

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Soy una artista textil nacida en Bogotá Colombia, un país diverso en todos sus aspectos, en la naturaleza, en su gente y en su cultura, atravesado por los Andes y que en el país se convierten en 3 cordilleras muy diferentes entre sí.

Estudié Artes Plásticas en la Universidad Nacional en los años 90. Hace 4 años me reencontré con el arte y en mi búsqueda descubrí el lenguaje textil y entre telas hilos y puntadas voy zurciendo y tejiendo mientras cuento una historia, dibujando un paisaje, interpretando lo que me rodea y hace parte de lo que soy, y entre cada puntada, con cada gesto, color como trazos, como manchas voy pintando, dibujando y esculpiendo mi reflexión, de cómo cada uno de nuestros actos tiene un efecto positivo o negativo en el lugar que habitamos; en esa búsqueda sobre el impacto de nuestro transitar en el planeta, he empezado una serie de trabajos donde prima mi entorno ,la naturaleza y lo orgánico que se funde conmigo misma en un constante cambio reverdecer, germinar, florecer y voy incluyendo en este nuevo paisaje elementos del quehacer humano de los desechos que constante-mente estamos produciendo y que ya hacen parte de nuestro cotidianidad, en mi obra reutilizo material, reciclados y a través de las técnicas textiles creo una mixtura donde reaparece una naturaleza hibrida con la que tenemos que vivir y que hacer parte de nuestra actual realidad y de como somos los causantes del cambio climático.

Luz Ángela Medina Torres

Espacios sagrados, buscados, construídos y recordados…

Luz Medina utiliza el tejido, las fibras para evocar experiencias, paisajes vividos e imaginados.

Principalmente, la artista recrea el paisaje latinoamericano, sus texturas, sensaciones y costumbres, puesto que el tejido forma parte importante de la cultura prehispánica.

Una red de historias, momentos y voces que se entrelazan en un relato total.

Reescribir continuamente el pasado creando un palimpsesto: el cambio sucede en forma acelerada y los procesos son cada vez más veloces. Las costumbres van cambiando pero la memoria permanece.

La artista trata de enhebrar en un lienzo-retablo un conjunto de impresiones físicas, sensoriales y emotivas que dejaron una huella, se convirtieron en vivencias, lugares mágicos, o sitios transformados por su visión particular.

Elementos bordados, adheridos, se construyen a sí mismos danzando sin fin, modelando un camino visual.


El espacio y el tiempo se evidencian por contraste.


Luz Medina juega con elementos físicos para logar una serie de encuentros entre disciplinas.


Los relatos se enciman, como un rompecabezas, se ajustan,formando un sendero hacia rumbos inciertos.

Imágenes que resaltan el vacío, lo invisible,

el aura misma de la obra.

A través de silencios, de espacios y retazos

Luz Ángela Medina Torres crea una fórmula única,

en la que podemos escuchar la no sonoridad,

y podemos vislumbrar más allá de los colores,

guiados por la línea bordada que es el camino a seguir.

Obras-tapices o manifestaciones de lo sagrado

Por otro lado, las obras de Luz Ángela Medina pueden ser vistas a la manera de quipus modernos. Los quipus consistían en mapas textiles que demarcaban sitios y símbolos especiales para las culturas precolombinas de antaño.

En la cultura incaica, el quipu o khipu (del quechua khipu, «nudo») consiste en un cuerda de la que cuelgan otros cordeles (a veces centenares o miles) de diversos colores, anudados. Gracias a ellos, los quipucamayocs o especialistas en quipus incas, dejaban constancia de todo aquello que tuviese importancia para la administración del imperio (tributos, censos, cosechas), incluso relatos mitológicos, genealogías de gobernantes o poemas épicos. 

Estos quipus también contabilizaban la existencia de las huacas, o espacios sagrados.

Lugar sagrado entendido como montaña, un río o arroyo, un árbol, o también un ídolo de piedra o madera. Es decir todo objeto de adoración y considerado con cualidades espirituales o sobrenaturales.

Luz Ángela Medina retoma estas temáticas, materializando ídolos imaginados, pero resucitados del olvido. 

Esta exhibición nos invita a reconsiderar el valor de las costumbres que integran nuestra identidad,

o pérdida de ella. 

La mirada personal vuelve a tener valor por sobre lo colectivo, global y homogéneo.

Las voces del pasado nos obligan a reflexionar el futuro.

La artista propone una evaluación de lo que es realmente importante y significativo, más allá del cambio pasajero. Volver la mirada hacia la realidad, renovando todos los días nuestro compromiso con nosotros mismos, con nuestras emociones.

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